Obstrucción congénita del conducto lacrimonasal

La obstrucción congénita del conducto lacrimonasal (OCLN) es la forma más frecuente de patología congénita de la vía lagrimal, siendo la incidencia aceptada en el mundo occidental de un 6% de todos los recién nacidos. Habitualmente es unilateral, aunque puede ser bilateral (en 1/3 de los casos).

Normalmente, en el sistema de drenaje lagrimal maduro, las lágrimas producidas son bombeadas mediante el parpadeo hacia los puntos lagrimales superior e inferior localizados en el borde libre posterior medial de ambos párpados. Estos desembocan en los canalículos superior e inferior, que se unen para formar el canalículo común que aboca en el saco lagrimal localizado en la fosa ósea lagrimal (situada en la región anterior de la pared medial de la órbita). Desde él se extiende el conducto lagrimal hasta su desembocadura en el meato debajo del cornete inferior de la fosa nasal.

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En la mayoría de los casos, la OCLN se debe a una obstrucción membranosa en el extremo distal del conducto lacrimonasal por canalización incompleta en el momento del nacimiento.

La OCLN es la causa más frecuente de epífora o lagrimeo en el primer año de vida. Los síntomas pueden estar presentes en el nacimiento, aunque habitualmente se manifiestan a las 2-6 semanas, cuando madura la producción lagrimal. Si la obstrucción no se resuelve espontáneamente, la sintomatología aumenta durante los primeros meses de vida, al aumentar la producción de lágrima.

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Los niños afectados presentan exceso de lágrima entre el borde palpebral y la superficie ocular (“ojo encharcado”), epífora (rebosamiento de la lágrima por las pestañas, los párpados y la mejilla), reflujo de material mucoide por el punto lagrimal al exprimir el saco lagrimal (causante de que los párpados y las pestañas estén pegados al despertar) y dermatitis secundaria (debida al contacto constante con la lágrima). Las condiciones que aumentan la congestión nasal, como son las enfermedades de las vías respiratorias altas, pueden exacerbar la sintomatología. Así mismo, la exposición al aire, el viento, el frío o el sol.

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Pueden aparecer complicaciones secundarias: Conjuntivitis (enrojecimiento ocular y secreción mucopurulenta -“legañas”-), dacriocistitis aguda (dolor, tumefacción, rubor y calor en el área del canto interno) y celutitis preseptal.

Será el oftalmólogo pediátrico quien confirme el diagnóstico basándose especialmente en la historia clínica, síntomas y signos descritos y sencillas pruebas clínicas, y quien, mediante la exploración ocular, haga el diagnóstico diferencial con otras patologías causantes de lagrimeo en los recién nacidos menos frecuentes (especialmente para descartar un glaucoma congénito que, aunque es poco frecuente, es grave y requiere un diagnóstico y tratamiento precoces). Cualquier otro síntoma, como fotofobia, blefaroespasmo, enrojecimiento ocular importante, etc, nos hará pensar en otro diagnóstico.

El 90% de los casos son banales y se resuelven con tratamiento conservador antes de los primeros 6-12 meses de vida, por lo que inicialmente se aconseja: Observación, masaje del saco lagrimal e higiene correcta y frecuente de la zona (para evitar posibles sobreinfecciones).

Se debe mostrar a los padres la técnica del masaje para que éste sea eficaz: El dedo índice ejerce presión sobre la zona del canalículo común para evitar la regurgitación de material por los puntos lagrimales y se desplaza con firmeza hacia abajo sobre el plano óseo para incrementar la presión hidrostática dentro del saco y el conducto lagrimal y así intentar romper la obstrucción membranosa. Se realizará durante unos 10-20 segundos, 4-5 veces al día. También ayuda a vaciar el saco de lágrimas estancadas, caldo de cultivo para infecciones.

Si existe secreción mucopurulenta abundante se prescribirán antibióticos tópicos. La antibioterapia sistémica se reserva para casos asociados a dacriocistitis aguda y/o celulitis preseptal.

La duración del tratamiento conservador y el momento más adecuado para realizar un sondaje de la vía lacrimonasal (en caso de que persista la epífora) depende especialmente de la gravedad del caso y del criterio de cada oftalmólogo.

El sondaje tiene una alta tasa de éxito (más del 90%). Se realiza dilatando previamente el punto lagrimal y pasando cuidadosamente una sonda metálica lisa (como un alambre recto delgado de punta roma) a través del sistema de drenaje lagrimal hasta notar una suave resistencia al punzar la obstrucción membranosa del conducto lagrimal.

Si éste fracasa, pueden ser necesarios procedimientos quirúrgicos adicionales: Intubación canalicular con tubo de silicona, dacrioplastia (dilatación del conducto lacrimonasal con un catéter provisto de un balón), fractura del cornete inferior o dacriocistorrinostomía (como última opción).

 



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